Historia económica argentina
Fases por las que atraviesa la ganadería a lo largo del siglo XIX. Incidencia que tuvieron sobre esta actividad productiva los diferentes modos de reparto y apropiación de tierras
En los años 1820-1825, finalizaron una serie de luchas armadas que prácticamente destruyeron el comercio en el litoral sobre todo, y noroeste de Buenos Aires. Aunque ésta, por su ubicación privilegiada con un puerto que la mantenía abierta al mercado exterior, no tardó en recomponerse y pasar a ser la principal provincia ganadera del país, controlando el 60% de las exportaciones rioplatenses.
La actividad ganadera tenía a su favor la escasa inversión necesaria para su explotación, y en particular la ganadería lanar. Poca mano de obra, pocos capitales y mucha tierra eran suficientes en esta actividad y la marcaron como la única factible dada la situación que se estaba atravesando.
En cuanto a la extensión de tierras, se realizó la campaña al desierto en 1820 con la que se extiende la frontera, a la que le siguieron otras conquistas y en 1833 Juan Manuel de Rosas realiza una expedición que llevó la frontera hasta el río Colorado. Más adelante, en 1870 se realiza la guerra del desierto para poner fin a los ataques en malones por parte de los indios y de este modo incorporar casi todo el territorio económicamente utilizable.
Para evitar la adquisición de tierras por motivos especulativos, las autoridades resolvieron pasarlas al patrimonio estatal. A su vez, dichas tierras fueron entregadas en arriendo, a muy bajos cánones, y de ese modo, se anulaba toda posibilidad de un mercado de tierras. Esta legislación enfitéutica, no evitó la concentración de grandes extensiones de tierra en manos de unos pocos. El marco legal favorecía el latifundio con las leyes de 1821 que garantizaba las deudas públicas con tierras fiscales, la ley provincial de 1822 y la nacional de 1826 que las cedieron en contrato enfitéutico y, por último, la ley provincial de 1836 que estableció su apropiación privada. “En 1840, sólo 450 estancieros poseen más de 5500 leguas cuadradas” (Gaignard, 1981).
La ganadería se complementaba con los saladeros localizados en las cercanías del puerto de Buenos Aires, en los que se sacrificaba al ganado, se secaba el cuero y se salaba la carne para la exportación. Asimismo, comenzaron a existir un gran número de graserías, que a su vez impulsaron el desarrollo de la ganadería de ovinos.
En los años ‘40 la zona del litoral estaba en plena recuperación, con un comercio creciente debido a las demandas de los saladeristas riograndenses surgidos durante los años ‘30. La ganadería del interior, al no poder vender a Buenos Aires y al Litoral debido a que su producción estaba arruinada, estableció vínculos con los países limítrofes. Chile demandaba mulas para la explotación del cobre y bovinos para el consumo local o para los saladeros.
Auge de la producción lanar. Durante los años ‘50, se vivió en Buenos Aires algo similar a la fiebre del oro en California pero con el ganado lanar. “Las ovejas, que se cotizaban a dos pesos en 1852, en cinco años llegaron a valer hasta 30 y 35 pesos” (Chiaramonte, 1986). Esto se debió al gran incremento de la demanda por parte de Inglaterra, Bélgica y Francia. Así fue desplazado el ganado vacuno hacia la frontera refinando el duro pasto a su paso y favoreciendo al ganado ovino que requería pasturas blandas. Además, a diferencia del ganado vacuno, el ovino no precisaba grandes extensiones de tierra. En 10 años, el porcentaje de la lana exportada pasó de 10.3% del total exportado por Buenos Aires al 35.9%, mientras que los cueros vacunos pasaron del 64.9% al 33.5%. Aunque esto no implica un retroceso, sino que sus valores aumentaron un 80% hasta el año 1863 mientras que la lana lo hizo en un 700%.
Crisis lanar. Desde 1864 comienza a apreciarse la moneda local previamente depreciada debido a las grandes emisiones provocadas en parte para solventar las campañas militares. Esta apreciación perjudicó a los exportadores, ya que al bajar el tipo de cambio real y dado el valor de las elasticidades de oferta y demanda internacional de nuestra economía pequeña, el saldo de la balanza comercial empeoró, es decir, los exportadores resultaron altamente perjudicados. Además el arrendamiento que se debía pagar con un plazo de 6 meses para adquirir las tierras era a precios de moneda local apreciada. Pero hechos como la guerra del Paraguay atenuaron los efectos de esta crisis, dada la gran cantidad demandada de ganado, alimentos, y productos manufacturados europeos que hacían escala en nuestra Aduana. Ya a partir de 1870 la exportación de lana repunta, manteniendo un volumen de lo exportado similar al de nuestros días.
Entre 1875 y 1880 con el crecimiento urbanístico de Buenos Aires, comienza la especialización en la invernada para poder conservar de un modo duradero la carne fresca, tecnología que es descubierta recién en vísperas de 1880, años en los cuales se comienza también con el alambrado de los campos que además de cercar las estancias, delimitan jurídicamente la propiedad.
Influencias del endeudamiento externo en la conformación y desarrollo del modelo agroexportador
En el período que va desde 1880 a 1890, las importaciones superaron a las exportaciones, aunque es notable el cambio en la composición de las mismas. Disminuyó la demanda de productos para el consumo, pero por otro lado, se incrementó la demanda de materias primas y bienes de capital. Estos bienes estaban vinculados con la inversión extranjera, sobre todo británica, que fue dando origen a la infraestructura necesaria para acondicionar nuestro país como productor y exportador de alimentos agropecuarios. Esta infraestructura consistía en ferrocarriles que abaratarían los costos de transporte y movilidad de la mano de obra, puertos, obras sanitarias, viviendas, e insumos como acero, hierro, etc.
Más de la mitad del monto de estas entradas de capital estaba destinada a empréstitos gubernamentales cuyos responsables se hacían cargo además del servicio de la deuda.
Los inversores ingleses se vieron atraídos hacia nuestro país por las altas tasas de rentabilidad que nuestra Pampa húmeda prometía, alrededor del 10 al 15% anuales.
En 1890 esta gran entrada de capitales se detiene por lo que se llamó “crisis Baring” debido a que el gobierno argentino no pudo hacerse cargo del pago de los intereses de la deuda contraída, provocando una crisis superada con la profundización del modelo agroexportador, es decir con superávits en la balanza comercial, equilibrando así la balanza de pagos. Ford sostiene que esta crisis fue una crisis de crecimiento provocada principalmente porque las inversiones realizadas tardaron más tiempo en dar fruto del que los europeos otorgaron.
Con el comienzo del nuevo siglo vuelven a ingresar capitales a nuestro país, pero esta vez, de origen norteamericano, francés y alemán, además del británico, destinados en su mayor parte a ferrocarriles y empréstitos públicos.
Durante todo el modelo agroexportador podemos observar una Argentina fuertemente dependiente del sector externo, de sus crisis, su ciclos económicos, y de los precios internacionales de los productos agropecuarios. La situación exterior y su influencia en nuestro país fueron ocasionando a su vez nuestras crisis y nuestros ciclos.
Algunos autores como Williams, Prebisch y Cortés Conde explican desde sus respectivos puntos de vista estos mecanismos de ajustes. Williams centra su atención en la balanza de pagos, diciendo que en momentos en los que por desconfianza o crisis externa, no llegan flujos de capital externo y nuestra balanza comercial se encuentra deficitaria, esto se refleja con un saldo negativo en la balanza de pagos. Además considera que el exceso de oferta monetaria era una consecuencia de la depreciación de la moneda por el aumento de las obligaciones externas a pagar en oro. Según Prebisch, el ingreso de capital extranjero aumentaba las reservas bancarias generando un clima de bonanza que favorecía el endeudamiento privado con lo cual aumentaban, a su vez, las importaciones dada la liberalidad del crédito. Pero sostenía que el límite, estaba en el déficit insostenible a largo plazo de la balanza comercial, y además, por la fuga posterior de capitales ante aumentos en las tasas de interés europeas. Cortés Conde, en cambio, explica este mecanismo aplicando el modelo de expectativas racionales, trabajado por Robert Lucas, diciendo que al aumentar la oferta monetaria, la gente compra oro porque espera una depreciación de la moneda al notar que la oferta monetaria creció, esto conduce a una disminución de las reservas, con lo cual efectivamente el peso se deprecia, obteniéndose así una “profecía autocumplida” (la cursiva es reflexión propia).
Durante los años de la Primera Guerra Mundial se interrumpió la corriente de capital extranjero, lo que provocó una caída del producto interno. Esta corriente se restableció una vez finalizado el conflicto bélico. Vemos cómo la balanza de pagos responde una y otra vez, a la situación externa.
Entre 1925 y 1927, con la entrada de capitales, el peso se apreció, perjudicando a los exportadores por el efecto que esto tiene sobre los precios de sus productos, valorados en moneda local, hecho que a su vez, beneficiaba a quienes importaban. Por este motivo los exportadores presionaron a los gobernantes para retornar a la convertibilidad y lo lograron a partir de agosto de 1927. Pero esto también dependía de que entre oro al país, que les permitiera emitir moneda. En cambio, cuando el oro salía, la conversión tenía que ser suspendida, como ya había ocurrido en 1914 y nuevamente en 1929.
Hacia 1930, los capitales norteamericanos ingresaron a nuestro país en mayor cuantía que antes de la Primera Guerra cuando invirtieron en la industria frigorífica. Pero esta vez, las inversiones se destinaron a establecimientos dedicados a la fabricación o ensamblado de maquinarias, vehículos, artefactos eléctricos, textiles, refinación del petróleo, alimentos y bebidas, y productos farmacéuticos.
Las esferas de influencia internacionales (Inglaterra y Estados Unidos) cambiaron sus roles y, como era de esperarse, esto afectó a nuestro modelo de producción.
Características del modelo de industrialización peronista
Durante el período peronista, se pudo observar una política industrial explícita, fundamentada sobre la idea de la redistribución del ingreso, el pleno empleo y el abastecimiento de la industria con insumos nacionales. A diferencia de la industrialización en el período anterior, esta vez no quedó todo en voluntades de algunos funcionarios interesados en este proceso, sino que estas voluntades particulares pasaron a ser política pública. La toma de conciencia sobre la necesidad de este proceso se puede observar en la Memoria del Banco Central, en 1946 cuando decía que: “pudimos ver en esos años, en contra de arraigadas creencias, que la Argentina era capaz de producir muchísimos bienes que hasta ese momento importaba”.
El sector terrateniente, fruto del modelo agroexportador y comprendiendo que éste ya estaba agotado, puso su interés en la industria. Pero no hubo políticas activas por parte del gobierno, sino hasta la llegada de Perón. Por ejemplo, no hubo una política arancelaria que favoreciera la industria. De hecho Félix Weil llamó a esta política “proteccionismo al revés” ya que se gravaban con impuestos mayores a los insumos, que a los productos terminados. El fundamento de esto, era evitar las llamas “industrias artificiales”, que utilizaban insumos provenientes del exterior. Por todo esto se podría calificar a esta primera etapa de industrialización, como un aggiornamiento de los intereses agropecuarios, pero sin una planificación coherente y explícita para transformar a la Argentina en un país industrializado con un alto grado de integración vertical y horizontal del aparato productivo.
Desde el período anterior la industria textil comenzaba a expandirse, abasteciendo la demanda interna y empleando materia prima local, como lana y algodón. Las ramas que más crecieron fueron las de producción de bienes de consumo finales, ya que los insumos y maquinarias aún se seguían importando, hecho que afectaba a la balanza de pagos, que veía incrementado su déficit comercial, en la medida en que progresaba la industrialización. Esto fue cambiando durante el gobierno peronista asumiendo medidas proteccionistas que paso a mencionar.
La primera política explícita fue el Primer Plan Quinquenal dedicado al desarrollo de las industrias livianas, con menos capital y sin tanta necesidad de tecnología del exterior.
A la industrialización durante el peronismo se la conoce como “sustitución de importaciones fácil” por estar dirigida a sustituir las importaciones de bienes de consumo no durables, con fabricación nacional.
Como políticas industriales podemos citar la restricción de las importaciones en los sectores más importantes, otorgamiento de subsidios, desgravaciones impositivas y la concesión de créditos para financiar al sector industrial con tasas muy bajas e incluso negativas, si se considera la inflación del período. Además se levantaron las barreras aduaneras a las materias primas necesarias para la producción local y que no podía ser abastecida por la industria nacional, o lo era pero en muy poca medida. Asimismo, el Banco Central estableció un régimen de control de cambios, basado en tipos de cambio preferenciales de acuerdo al producto que se quisiera exportar o importar. Así, había un precio del dólar en el mercado, marcadamente más alto que el ofrecido para las industrias con ciertos requisitos, lo que terminó derivando en una devaluación oficial hacia 1950.
Los créditos mencionados más arriba fueron otorgados por el Banco de Crédito Industrial Argentino (BCIA) creado en 1944. Las principales empresas beneficiadas, fueron el IAPI y la Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires, entre otras. Estos créditos estaban dirigidos a los gastos de explotación en general, compra de materias primas, pago de salarios, etc. También asistieron a empresas de menor tamaño, sobre todo en los primeros 10 años.
El IAPI actuó como intermediario financiero constituyéndose en el único comprador de cereales y oleaginosas, de acuerdo a los precios fijados por el Estado, separando una parte para el consumo interno y exportando el resto. De este modo, se ejercía una redistribución del ingreso desde los sectores rurales hacia el sector urbano y desde los factores tierra y capital hacia el factor productivo trabajo.
Todas estas medidas dieron como resultado una mayor participación del sector industrial en el PBI, si se lo compara con el sector agropecuario, quien se estancó a partir de 1949 para repuntar recién hacia 1952.
Desde 1946, las industrias más importantes eran la textil y las metalmecánicas, pero estas industrias livianas alcanzaron un tope hacia 1952 dado el alto costo de los insumos necesarios provenientes del exterior. Por este motivo se optó por la radicación de capitales extranjeros, aunque no fuera la idea originaria del gobierno peronista, y en 1947 la DINIE es creada y se hace cargo de empresas industriales de propiedad enemiga durante la guerra, sobre todo alemanas que luego de la caída de Perón, fueron devueltas a sus antiguos dueños.
Durante estos últimos años, desde 1949, las industrias se vieron cada vez más limitadas por la dificultad para renovar sus equipos y la imposibilidad de importar. Eran necesarias industrias básicas para abastecer de insumos y equipos de producción a las ya existentes y de este modo aliviar la dependencia del sector externo.
Se ingresaba, de este modo, en un proceso que requería mayores dotaciones de capital y tecnología, iniciándose así una etapa más difícil de sustitución de importaciones.
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